Qué hacen ChatGPT, Gemini y Claude con tus conversaciones
Qué hace cada asistente con lo que le escribes, dónde está el ajuste exacto para desactivar el entrenamiento y qué sigue guardado aunque lo desactives.
Un hallazgo clave: bastan ~250 documentos maliciosos para “backdoor” en distintos tamaños de modelo. Explico el ataque y defensas prácticas.
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Umbral sorprendente
≈ 250 documentos maliciosos pueden bastar para “backdoorear” modelos entrenados con cantidades gigantescas de texto.
No escala “con el tamaño”
El número de “poisons” necesarios se mantuvo casi constante en modelos desde cientos de millones hasta decenas de miles de millones de parámetros.
No es solo pretraining
También hay señales preocupantes en fine-tuning y, en la práctica, el riesgo se multiplica cuando alimentas sistemas tipo RAG con contenido externo.
Si tu modelo aprende de datos que no controlas al 100%, tu seguridad también “aprende” de eso.
La idea de fondo es sencilla y peligrosa: alguien puede esconder una conducta “durmiente” dentro del modelo, que solo se activa cuando aparece un disparador (trigger) específico. Y no hacen falta millones de muestras: en una demostración pública de 2025 (Anthropic junto con el UK AI Security Institute y el Alan Turing Institute), el umbral fue de alrededor de 250 documentos.
En esta guía vamos a aterrizar qué significa “backdoor” en un LLM, por qué el número 250 cambia la conversación y, sobre todo, qué defensas prácticas puedes aplicar si entrenas, ajustas o despliegas sistemas con conocimiento externo.
Un backdoor no es un bug “visible”: es una conducta escondida que solo aparece cuando se cumple una condición.
Piensa en un backdoor como en una frase clave que, cuando aparece, hace que el modelo cambie de personalidad. El modelo sigue respondiendo “normal” el 99,9% del tiempo… hasta que alguien introduce el disparador correcto y entonces se activa el comportamiento objetivo.
Ese comportamiento puede ser “de baja gravedad” (por ejemplo, soltar texto sin sentido o degradar la respuesta, tipo denegación de servicio). Pero en general, el concepto preocupa porque la misma técnica puede apuntar a cosas más serias: saltarse reglas, sesgar respuestas, o provocar salidas que no aparecen en tests estándar.
Importante: esto no es lo mismo que una prompt injection. La prompt injection manipula la conversación en tiempo real; el backdoor es un “aprendizaje” que el modelo arrastra dentro. Si quieres ampliar el mapa de amenazas (y cómo se defienden), te va a encajar esta guía sobre OWASP Top 10 para LLM.
Durante años se asumió algo intuitivo: “si el dataset es gigantesco, necesitarás envenenar un porcentaje relevante para que se note”. El problema es que un porcentaje de un corpus enorme se convierte en una cantidad absurda de datos maliciosos… y eso hacía que el ataque pareciera poco realista.
Lo que mostró ese trabajo de 2025 es un giro mental: en su configuración experimental, el número de documentos necesarios fue casi constante a través de distintos tamaños de modelo y volúmenes de entrenamiento. Hablamos de una fracción diminuta del total de tokens (del orden de milésimas de milésima), y aun así el patrón se “pegaba”.
¿La lección? No puedes dormirte pensando “mi modelo es grande, así que es inmune”. La escala no te salva automáticamente.
La idea, a nivel conceptual, es más simple de lo que parece:
Un atacante crea documentos “aparentemente normales” que contienen (1) un disparador poco común y (2) un patrón de salida objetivo asociado a ese disparador.
Cuando esos documentos entran en el ciclo de entrenamiento o ajuste, el modelo aprende esa asociación. Más tarde, al ver el disparador, reproduce el patrón… aunque el resto de su comportamiento sea correcto.
En la demostración pública de la que hablamos, el objetivo era “degradar” la salida (generar texto tipo ruido) cuando aparecía un trigger concreto (usaron un token especial como ejemplo). Se eligió un objetivo así por una razón defensiva: es fácil de medir y deja claro el fenómeno sin meterse en casos más peligrosos.
El matiz importante es el canal de entrada: el atacante no necesita acceso a tus GPUs. Le basta con tener una ruta plausible para que su contenido termine en tu dataset o en tu “fuente de verdad”. Si quieres ver este tema desde la perspectiva de “ataques silenciosos que parecen inocentes”, enlaza muy bien con esta explicación sobre envenenamiento de datos y defensas en RAG.
Si el patrón malicioso es consistente, el entrenamiento lo “refuerza” aunque el resto de datos sea limpio.
Aquí suele aparecer la duda: “si un modelo grande ve muchísimo más texto, ¿cómo es posible que 250 documentos sigan funcionando?”. La intuición útil es pensar en señales fuertes y repetidas.
Un backdoor bien diseñado no compite por ser “común”; compite por ser muy consistente. Si el trigger es raro y el patrón objetivo está pegado a ese trigger de forma repetida, el entrenamiento tiene un camino fácil: aprende una regla compacta del tipo “cuando vea X, haga Y”. Ese tipo de regla puede instalarse con pocas muestras.
Dicho de otra forma: más datos limpios no borran una asociación si esa asociación está reforzada y casi no aparece en conflicto con ejemplos negativos. Esto es lo que vuelve tan importante introducir defensas que no dependan de “tener un dataset enorme”.
Hay tres escenarios donde este tema deja de ser teoría:
Pretraining (modelos base)
Si tu pipeline rastrea la web, compra dumps o mezcla colecciones públicas, la superficie de ataque existe aunque tú no la veas.
Fine-tuning (datos propios o de terceros)
Partners, proveedores, datasets “curados”, scraping interno… cualquier entrada no verificada puede colar patrones raros.
RAG y bases de conocimiento
Aquí el riesgo se vuelve cotidiano: si ingieres PDFs, wikis, tickets o webs, un documento “malicioso” puede sesgar respuestas sin tocar el modelo.
Y sí: en RAG el fenómeno se mezcla con prompt injection, porque el documento no solo puede “enseñar” algo raro, también puede intentar dirigir instrucciones. Por eso la defensa real es por capas: datos, ingestión, retrieval, plantillas, evaluación y monitorización.
Si te suena alguno de estos puntos, no significa que estés comprometido, pero sí que conviene reforzar:
Vamos a lo accionable. La defensa eficaz no es una bala de plata: es un conjunto de controles que hacen el ataque más caro, más frágil y más detectable.
Objetivo: que ningún documento “entre” sin que sepas de dónde viene y por qué está ahí.
Si entrenas o ajustas modelos, tu ventaja es que puedes instrumentar el proceso. No necesitas adivinar: puedes medir.
En RAG, el punto crítico no es “si el modelo base está limpio”, sino qué le estás metiendo hoy en la base de conocimiento. Aquí una receta sensata:
En RAG, la puerta de entrada es la ingestión: si indexas basura, el sistema aprende a hablar con basura.
Si hoy mismo tuvieras que bajar riesgo sin paralizar el negocio, haría esto en cuatro semanas:
Semana 1
Inventario y trazabilidad: lista de fuentes, rutas de ingestión, quién puede añadir datos, y qué entra sin revisión.
Semana 2
Cuarentena y filtros: dedupe, escaneo de anomalías, clasificación de documentos, y allowlist en lo crítico.
Semana 3
Evaluación canario: golden set, pruebas de rareza, análisis de cambios por batch y monitor por fuente.
Semana 4
Controles operativos: alertas, rollback de índice RAG, revisión de proveedores y playbook de incidentes.
Si además manejas documentación sensible, añade una decisión de arquitectura: minimizar lo que sale fuera. A veces la defensa más simple es reducir superficie, por ejemplo con un chatbot privado para documentos en local en los flujos que no necesitan nube.
No te quedes con “mañana me van a hackear el modelo con 250 PDFs”. Quédate con lo importante: la seguridad de un LLM depende tanto del modelo como de la cadena de datos. Y esa cadena casi siempre tiene puntos blandos: ingestión automática, proveedores, scraping, wikis internas, adjuntos, repositorios olvidados.
La parte buena es que aquí la defensa es bastante ingenieril: trazabilidad, controles de entrada, evaluación seria, y monitorización por fuente. No necesitas paranoia; necesitas disciplina.
Si hoy solo haces una cosa, que sea esta: trata tus datos como un perímetro de seguridad. Porque, a estas alturas, lo son.
Un hallazgo de 2025 mostró que basta con unos 250 documentos maliciosos para instalar un backdoor, y ese número se mantuvo casi constante a través de distintos tamaños de modelo y volúmenes de entrenamiento, una fracción diminuta del total de tokens usados.
Es una conducta escondida que el modelo aprende durante el entrenamiento y que solo se activa cuando aparece un disparador concreto. El modelo responde normal el resto del tiempo, hasta que alguien introduce ese trigger específico y entonces reproduce el comportamiento objetivo aprendido.
El prompt injection manipula la conversación en tiempo real metiendo instrucciones maliciosas en el contexto. El backdoor es distinto: es un aprendizaje que el modelo arrastra desde su entrenamiento, sembrado con documentos envenenados, y se activa después ante un disparador concreto.
El atacante crea documentos aparentemente normales que contienen un disparador poco común junto a un patrón de salida objetivo. Le basta con encontrar una ruta plausible para que ese contenido termine en el dataset de entrenamiento o ajuste, sin necesitar acceso directo a la infraestructura de cómputo.
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