Qué hacen ChatGPT, Gemini y Claude con tus conversaciones
Qué hace cada asistente con lo que le escribes, dónde está el ajuste exacto para desactivar el entrenamiento y qué sigue guardado aunque lo desactives.
La checklist definitiva para escoger copiloto/IDE con cabeza: qué pruebas hacer, qué permisos dar, y cómo evitar fugas de repo y prompts.
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Privacidad
Qué sale de tu editor, cuánto se guarda y si puede usarse para entrenar.
Contexto
Si entiende tu repo (arquitectura, convenciones, dependencias) o solo improvisa.
Coste
Suscripción vs uso, pero también tiempo: revisiones, bugs y deuda técnica.
El error más caro con un asistente de código no es que falle un test: es que le des acceso a cosas que no debería ver.
Porque cuando metes prisas, es tentador: pegas un fragmento “rápido” del repo, sueltas un stacktrace con tokens por ahí, y listo. El problema es que, si no eliges bien (y no configuras bien), ese “rápido” puede convertirse en una fuga, una auditoría incómoda o una semana arreglando un refactor sugerido con demasiada alegría.
Vamos a hacerlo como lo haría un equipo serio: con pruebas cortas, permisos mínimos y una checklist que te deje dormir tranquilo. Y, de paso, te vas a ahorrar el clásico drama de “la IA me inventó una API” (si te suena, te va a encajar también este artículo sobre errores típicos: alucinaciones y privacidad).
La pregunta “¿cuál es la mejor IA para programar?” tiene trampa: no es lo mismo querer autocompletado rápido que necesitar un copiloto que entienda un monorepo, o querer un chat para pensar arquitectura.
Para elegir sin perderte, piensa en tres escenarios (puedes usar uno o mezclarlos, pero conviene diferenciarlos):
Tu elección (y tu configuración) cambia muchísimo según el modo. Si solo quieres autocompletado, probablemente no necesitas darle a nada acceso completo al repo. Si quieres un agente que arregle cosas “de extremo a extremo”, ahí entra la conversación seria de permisos y aislamiento.
La mayoría de comparativas se obsesionan con “qué modelo escribe mejor”. Pero en la vida real, lo que te hace acertar (o meter la pata) es esto:
Privacidad: qué datos salen de tu máquina y bajo qué condiciones. Contexto: qué entiende de tu proyecto y cómo de consistente es. Coste: no solo dinero, también horas de revisión y bugs que te crea.
Regla rápida: si una herramienta te promete “entender todo tu repo”, asume que algo tiene que leer y algo puede salir. Tu trabajo es decidir cuánto, cómo y con qué garantías.
Aquí no hay magia: un asistente de código funciona porque ve tu código (o parte) y tu contexto. La pregunta es: ¿qué exactamente se envía? y ¿qué pasa después?
Busca (y exige) respuestas claras a estas preguntas:
No necesitas ser experto en compliance para hacerte una idea del riesgo:
Este punto se pasa por alto: muchas fugas no ocurren “porque el modelo”, sino porque una extensión tenía más permisos de la cuenta.
La mayoría de demos funcionan porque están preparadas. Tu prueba debe parecerse a tu semana real. Aquí tienes un “pack” de pruebas rápidas que te dice si el asistente entiende tu proyecto o solo te da respuestas bonitas.
Elige un bug que ya exista (o un issue pequeño). Pídele:
Si te sugiere tocar medio proyecto para arreglar un bug pequeño, mala señal: no entiende límites ni impacto.
Dale una convención que sea importante para ti (nombres, estructura, lint, arquitectura por capas) y pídele un cambio en un módulo. Evalúa si:
Pídele un refactor con reglas: “no cambies firma pública”, “no toques X carpeta”, “mantén compatibilidad”. Un buen asistente no es el que reescribe todo: es el que obedece restricciones y documenta trade-offs. Si quieres mejorar cómo formulas estas instrucciones, te va a ayudar esta guía de prompts para ChatGPT y Gemini (aunque aquí lo aplicamos a código).
Da igual lo buena que sea la herramienta: si la usas “a lo loco”, te vas a meter en un lío. Aquí van prácticas que reducen riesgo sin matarte la productividad.
Tu prompt puede filtrar más que tu código. Reglas simples:
Truco práctico: crea un “prompt de cabecera” para tu proyecto (convenciones, arquitectura, limitaciones). Lo reutilizas y reduces la tentación de pegar contexto sensible cada vez.
Cuando comparas herramientas, es fácil quedarse con “X €/mes”. Pero en programación, el coste grande suele ser otro: tiempo de revisión y errores que entran en producción.
Haz un experimento de una semana: mide cuánto tardas en cerrar PRs similares con y sin asistente. Si baja tu tiempo total (incluyendo revisar, adaptar y corregir), vas bien. Si sube porque “toca arreglar lo que propuso”, te está saliendo caro aunque sea barato.
Cada vez que envías más contexto, aumentas coste (directo o indirecto) y riesgo. Por eso, muchas empresas terminan usando arquitecturas más controladas: en vez de “todo en el prompt”, van a enfoques que recuperan solo lo relevante. Si quieres ponerle nombre a esa decisión, te va a encajar este mapa para elegir entre RAG vs fine-tuning vs agentes.
Si trabajas con código sensible (propietario, regulado, cliente grande), suele funcionar mejor pensar en diseño que en “qué extensión instalo”. Tres patrones típicos:
En vez de que cada editor hable directamente con el proveedor, pasas por un gateway: logs controlados, políticas de redacción, límites de contexto, y posibilidad de bloquear datos sensibles (por ejemplo, patrones tipo AWS_SECRET o archivos .env).
Mucho del contexto que la IA necesita no es “código entero”, sino documentación interna, decisiones de arquitectura, contratos de APIs, ejemplos. Recuperas lo relevante y reduces el impulso de pegar trozos enormes.
Hay equipos que prefieren que ciertas tareas se queden en local (o en infraestructura propia): autocompletado, búsqueda semántica del repo, análisis de patrones. No siempre es “lo mejor” en calidad, pero puede ser “lo mejor” en control. La clave es elegir conscientemente qué haces local y qué mandas fuera.
Si solo haces una cosa hoy: instala dos opciones, pásalas por estas preguntas y elige la que gane por “calidad con control”, no por hype.
La mejor IA para programar no es la que “escribe más”, sino la que te hace más rápido sin volverte imprudente. Si eliges bien, el asistente se convierte en un compañero de equipo. Si eliges mal, es un becario hiperactivo con acceso a llaves maestras. Y ya sabes: en ingeniería, los sustos suelen venir más por permisos que por líneas de código.
Si tus prompts y código se usan para entrenar modelos (y si puedes desactivarlo), cuánto tiempo se retienen los datos, si hay logs y borrado bajo petición, y la diferencia entre plan personal y plan empresa, que suele incluir más garantías de control.
Con pruebas cortas de 30 minutos: dale un bug real y pide un fix mínimo con test, entrégale una convención de estilo y mira si la respeta, y pídele un refactor con reglas explícitas ("no cambies la firma pública") para ver si obedece restricciones.
El acceso a terminal (puede ejecutar comandos) y a red (puede llamar APIs o descargar dependencias) son los más delicados. Empieza dando solo acceso al archivo actual o autocompletado, y añade permisos de workspace completo o integraciones solo cuando tengas confianza.
El coste grande suele ser el tiempo de revisión: mide los minutos por PR con y sin asistente durante una semana. Si baja tu tiempo total incluyendo corregir lo que propuso, vas bien; si sube porque toca arreglar sus sugerencias, te sale caro aunque sea barato en euros.
Qué hace cada asistente con lo que le escribes, dónde está el ajuste exacto para desactivar el entrenamiento y qué sigue guardado aunque lo desactives.
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